BIENAVENTURADOS LOS QUE TRABAJAN POR LA PAZ

En la sociedad homogénea, impuesta coactivamente desde el nacional-catolicismo en la que muchos de nosotros fuimos socializados, había una concordancia perfecta entre delito y pecado. La jerarquía eclesiástica señalaba al poder civil lo que debía perseguir penalmente, ya que lo condenaba como pecado. De ahí que la legalidad era fuente de moralidad. Lo que la legislación civil permitía era bueno y lo que prohibía malo, en sentido tanto ético como religioso. A este sistema se le llamaba de cristiandad y es añorado hoy por algunos que quisieran volver a él.

Todos, creo, suspiramos por la paz. Es un bien inmenso para todas las personas y todos los Pueblos. Claro que existen muchas falsas paces. La paz de los cementerios, donde ya no hay vida humana o la ausencia de desórdenes, coexistiendo con injusticias graves impuestas por el terror o aceptadas por cobardía. Paz no es igual a inexistencia de conflictos, ya que son inherentes a la convivencia entre los humanos. Gracias a ellos, a las crisis bien enfocadas y resueltas, aunque sea con esfuerzos y sacrificios, la humanidad avanza. Se ha dicho que, a menudo, la paz es simplemente un intermedio entre guerras. Pero, seguimos soñando con la paz auténtica, con esa utopía en que las espadas se trasformarán en arados. Claro que el suspiro y el sueño que no se traducen en actos positivos, son vana ilusión. La esperanza es una virtud activa que nos compromete, día a día, a trabajar por la paz.

 En todo el planeta se han dado y se siguen dando situaciones de conflictos armados que provocan pasiones y enfrentamientos. En este rincón que habitamos, las Españas de nuestros pecados, son dos los que nublan las mentes y encienden los sentimientos. Aquella guerra incivil con su posterior represión y el terrorismo de ETA. A partir de ambos y conjuntamente, voy a reflexionar. Sé que no suele hacerse así, pues, con frecuencia,  sobre estos acontecimientos, las mismas personas acostumbran a tener posturas contrapuestas. Del primero han pasado bastantes años, pero no los suficientes para que se hayan calmado las pasiones: todavía viven víctimas o familiares, la llamada memoria histórica, los asesinados con restos en paradero desconocido y el procesamiento de un juez por tratar de investigar los crímenes del franquismo son pruebas contundentes de que todavía vivimos unas heridas sin cicatrizar. Y ETA, una banda organizada que durante décadas lleva practicando el asesinato, el secuestro y la extorsión para conseguir sus objetivos políticos, sigue viva, aunque dicen, diezmada. 

 Todo el que desee trabajar por la paz, debe tener muy presente que cuando un conflicto degenera hasta esos límites tan horribles, hay cuatro factores concatenados que lo enturbian y dificultan hallar el camino para su resolución. Son el fanatismo, el odio, la violencia y el miedo. Lo peor es que pueden contaminar no sólo a quienes lo sufren de forma directa o indirecta, sino a los que se acercan a él con buena voluntad.

 Fanático es quien cree tener toda la verdad, toda la razón. Quien opina lo contrario es un ignorante o posee mala voluntad. La realidad es simple: a un lado, el nuestro, estamos los buenos; al otro, los malos. Cualquier componenda es traición. La complejidad de cualquier situación conflictiva se les escapa. Los que fuimos escolarizados en la posguerra, aprendimos una historia oficial, la de los vencedores: fue una cruzada, bendecida por la iglesia; los rojos, viles asesinos, eran enemigos de la religión y la patria. En los últimos años se han dado otras versiones, también maniqueas, descubriendo los horrores cometidos por el bando franquista y resaltando la legalidad democrática del republicano. Menos conocidas son las que descubren las historias minoritarias de los vencidos de los vencidos (trotskistas y anarquistas asesinados por estalinistas en la Barcelona republicana) y las de los vencidos de los vencedores (aquellos falangistas y carlistas, que no aceptaron el decreto de unificación y desafiaron el poder absoluto de Franco, sufriendo su persecución). Confieso que desconozco bastante más la historia real de ETA, pero, por lo sé, hay dos mistificaciones bastante propaladas: la que hace de ella, la abanderada de la lucha del Pueblo Vasco por su libertad y la de quienes se empeñan en condenar cualquier forma de nacionalismo vasco como paraguas de ETA, ignorando la legitimidad democrática de algunas de sus formaciones que deploran la actividad terrorista, aunque hubiera quien prefería que se “se agitase el árbol para recoger las nueces”.

 Del fanatismo al odio hay un solo paso. Se borra el rostro del enemigo, desaparecen sus rasgos de persona. Pierde aquellas características que lo hacen semejante a nosotros. Se convierte en un ser despreciable y vil, colmado de todos los defectos y desprovisto de cualquier virtud. El odio es una fuerza tan poderosa como el amor, simplemente es su reverso. Es un enconamiento despiadado que nos hace desear todos los males para la persona o grupo odiado. Ciega a quienes lo padecen. Lo peor para quienes tienen este virus inmoral es que produce el mismo efecto que el amor: nos asemeja a quienes son objeto de nuestro rencor. Y además es contagioso, de forma inconsciente a menudo, pero otras, de manera planificada y malévola. Lo curioso es que quienes se niegan a tomar partido por los dos bandos en liza o intentan de buena fe mediar entre ellos, acaban, a veces, suscitando el odio de ambos extremos. Ejemplos se pueden citar tanto en la lejana guerra civil, como en el País Vasco de los últimos años.

 Hija del fanatismo y del odio es la violencia. Quien cree tener toda la razón, encuentra justificado cualquier medio para conseguir sus objetivos. La mentira, la amenaza, el engaño, la tortura, el mismo asesinato son instrumentos que se emplean, siempre que se puede y se juzga preciso para conseguir la meta soñada. A mayor fanatismo, más empleo del terror como herramienta. Se emplea no sólo contra el combatiente directo, sino, sobre todo, contra la población civil, para someterla. Así se ven involucradas en esta serie de crímenes personas que jamás se les habían ocurrido tomar partido. Ocurrió en la guerra civil y en la represión posterior. Y ha sido la conducta habitual, cuando ha podido, de ETA. O el llamado Batallón Vasco-Español o el GAL en la guerra sucia, en contra de las reglas de un Estado del Derecho.

 Fruto de todo ello es el miedo. Provocarlo es una de las tácticas de estos conflictos inhumanos. Miedo en el adversario o de quienes no combaten directamente. Las reacciones básicas ante el miedo son tres: el estupor paralizante, la agresión impensada y la huída. Todas se han dado y pueden darse. La parálisis se convierte, a menudo, en silencio. Se ocultan las propias opiniones, se calla ante crímenes execrables, sin atreverse a denunciarlos. Pero quiero detenerme en la última. Los miles de exiliados que abandonaron el territorio español tras la derrota republicana. Acabaron en campos de concentración, luchando con la resistencia francesa,  en la vanguardia de las tropas aliadas liberando París, o escapados a América. El dolor del destierro y las durezas de su nueva vida se conjugaban con sus ansias de volver, cuando se acabase la represión y se estableciera un régimen de libertades. Hay que sumar los exiliados interiores: escondidos en sus casas, o saliendo con los ojos bajos y el temor a ser de nuevo perseguidos, o los depurados, muchos de ellos docentes, obligados a residir en lugares lejanos a sus raíces. Y en épocas recientes, la diáspora vasca, esos miles huidos del terror etarra o de la violencia  de la guerra sucia.

 El trabajo consciente y tenaz por la paz exige tener claros cuatro principios básicos: Respeto a los Derechos Humanos, Atención a las Víctimas, Verdad, Reparación y no Impunidad, y Diálogo-Perdón.

 La defensa de los Derechos Humanos, vertebrados en torno a la dignidad de la persona, de todas, es el quicio fundamental de un trabajo serio por la paz. Sentado ese vértice, sabemos que se despliegan en un abanico de libertades civiles, políticas, económicas, sociales y culturales. En todo conflicto perverso se pisotean todos o algunos de estos derechos. Conviene aclarar un punto esencial, todos son necesarios e inescindibles. Llevan aparejadas unas responsabilidades correlativas y se articulan entre ellos en una jerarquía en la que los derechos de la persona han de primar sobre los colectivos. Por tener muy claro que la reivindicación de la autodeterminación identitaria de un colectivo no puede ahogar la libertad de autodeterminación personal estoy lejos de los nacionalismos, sea el estatal o los periféricos (aunque piense que aquel causó estos y que se retroalimentan recíprocamente). “Pro libertate patriae, gens libera state”, decía el viejo lema de los infanzones de Obanos (Navarra), lección medieval de la que  teníamos        que aprender hoy, aun sabiendo que entonces las libertades estaban restringidos a un estamento o territorio y que hoy las reconocemos y deben realizarse para todas las personas.

 La atención a las víctimas es un deber elemental de justicia. Los que han sufrido directamente la violación grave de un derecho básico y sus seres más próximos son acreedores, de respeto, cariño y solidaridad. Injuriarlas, olvidarlas o manipularlas políticamente son formas de incumplir esa obligación y de incrementar ese dolor en el que injustamente se vieron sumidas. Y víctimas hubo en la guerra civil y también en los últimos lustros con ocasión del terrorismo vasco. Pero, ojo, víctimas son todas, las de nuestro lado y las del otro. Jalear a unas y menospreciar a las otras es una forma cruel de perpetuar y agravar el conflicto. Es claro que las víctimas tienen unos derechos pero no pueden ser jueces de los victimarios. Es lógico que sean parciales pero  intentarla torticeramente convertirlas en inspiradoras de las sentencias, de las leyes penales o procesales, es dar pábulo a la venganza, retroceder a las épocas en las que los clanes ejecutaban directamente las penas, cuando hoy decimos que estamos en un Estado de derecho. 

 Sacar a la luz la verdad, toda la verdad, escondida y manipulada en las versiones partidistas que ocultan los crímenes nuestros y exageran las de los otros, es también un deber inexcusable para con todas las víctimas. Aquí no hemos tenido, como en otros países, esas Comisiones de la Verdad, compuestas por investigadores independientes, que descubren la magnitud de esas violaciones de Derechos Humanos. Las víctimas tienen derecho a ello y el resto de la sociedad también. Es la forma más justa de reparación moral y de conocer nuestra propia historia para no volver a revivirla con los mismos horrores. Y la consecuencia es ineludible: No a la impunidad. Las leyes de punto final, esas leyes de amnistía, como la que se promulgó en nuestra Transición política, que condonan esos terribles crímenes, son injustas, violan el derecho internacional. Estos delitos son imprescriptibles por su propia naturaleza.

 El último principio necesario para una paz auténtica y duradera es el del diálogo que puede conducir hasta el perdón. Hablo de diálogo y no de negociación política. Una negociación en la que los violentos obtengan beneficios políticos a cambio de cesar en su actitud, es injusta y prolonga el conflicto. Tras la muerte del dictador hubo en España una serie de negociaciones políticas que desembocaron en un cambio de régimen: desde posiciones de poder se cedió parcialmente a presiones de la calle y la Constitución vigente estableció una monarquía parlamentaria. No faltan hoy voces que postulan una negociación,  tras un alto el fuego o el abandono de las armas de ETA. Suele ponerse como modelo la solución del Ulster, pero son situaciones completamente dispares. Allí actuaba el ejército inglés, y dos terrorismos enfrentados: el republicano y el norunionista. Aquí tenemos ETA y los abusos extralegales contra ella y su entorno. En Irlanda del Norte, el partido político republicano controlaba a su brazo armado, el IRA. Aquí, es ETA la que hasta ahora dirige el mundo de Batasuna. Otra diferencia, la existencia de vascos organizados, como Gesto por la Paz o Elkarri (luego Lokarri) que llevan bastantes años trabajando activamente por la paz y tendiendo puentes en la sociedad civil para conquistarla.

 El diálogo necesario ha de brotar y crecer desde la base, no desde el poder. Y creo que un paso importantísimo sería que las víctimas –unas y otras- lo iniciaran. Para acabar cerrando las heridas de esos conflictos perversos, las víctimas podrían compartir su dolor, sus lágrimas, las ausencias… Con el propósito de que sus descendientes no vuelvan a pasar por esos trances. En ese clima de dolor compartido, de diálogo fecundo, puede brotar, alentado por los seguidores de Jesús, el horizonte de un Perdón reconciliador, semilla de una paz duradera…

Pedro Zabala Sevilla

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